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columnas de opinión

La diversidad como ventaja competitiva en el siglo XXI

En un contexto global caracterizado por la aceleración tecnológica, la transición hacia economías del conocimiento y una creciente tensión e incertidumbre geopolítica, la capacidad de innovar se ha convertido en el principal motor de desarrollo económico sostenible. En este escenario, Chile enfrenta una paradoja estructural: si bien lidera en ciertos indicadores dentro de AL, evidencia limitaciones en su capacidad de transformar insumos en resultados de alto valor agregado.

De acuerdo con el Índice Global de Innovación 2025, Chile se ubica en el lugar 51 de 139 economías. El país presenta un desempeño significativamente menor en resultados de innovación. Esta brecha entre insumos y resultados refleja un problema estructural: la dificultad para traducir capacidades instaladas en innovación efectiva y productividad. 

Más aún, el análisis del índice revela una correlación directa entre el nivel de innovación y el PIB per cápita, lo que se traduce en la capacidad de los países para producir y exportar bienes y servicios de mayor valor agregado. En este ámbito, Chile presenta desafíos críticos: Baja inversión en investigación y desarrollo (I+D), (0,35% y 0,4% del PIB, muy por debajo del promedio de la OCDE) y un débil ecosistema de innovación empresarial (solo un 1,5% de las nuevas empresas son innovadoras, frente a un 12,3% promedio en la OCDE).  

A nivel macroeconómico, si bien Chile ha logrado aumentar el volumen y valor de sus exportaciones —incluyendo cierta diversificación hacia servicios y agroindustria— mantiene una dependencia estructural de sus materias primas. La minería representa cerca del 59% de las exportaciones, mientras que los productos de alta tecnología apenas alcanzan el 1%. A esto se suma una fuerte concentración comercial con China, representando aprox. el 28% del destino de las exportaciones. 

La OCDE ha advertido que la baja productividad constituye una de las principales restricciones al crecimiento del país, destacando que una proporción significativa de la fuerza laboral se desempeña en actividades de bajo valor agregado. En este contexto, el crecimiento proyectado para la próxima década se sitúa por debajo del promedio mundial, lo que refuerza la urgencia de una transformación estructural. 

Las recomendaciones internacionales son claras: aumentar la inversión en I+D, simplificar la regulación para proyectos de inversión, fortalecer la capacitación técnica y digital, y promover una mayor participación laboral femenina. Sin embargo, estas medidas podrían resultar insuficientes si no se aborda un factor menos visible pero determinante: la composición y dinámica de los equipos de trabajo en las organizaciones. 

La evidencia sugiere que Chile presenta altos niveles de homogeneidad en sus élites educativas y laborales. Esta homogeneidad se origina en un sistema educacional altamente segmentado, donde el acceso a oportunidades está fuertemente condicionado por el nivel SE de origen. Estudios han demostrado que el capital cognitivo se encuentra estrechamente vinculado a estas variables, reproduciendo desigualdades desde etapas tempranas. 

En el ámbito organizacional, esta lógica se traduce en prácticas de selección en los que se privilegia la “similitud por sobre la diversidad”. Este fenómeno, conocido como homofilia —concepto que alude a la tendencia a asociarse con los iguales, Undurraga, 2011— contribuye a la reproducción de desigualdades y limita la incorporación de nuevas ideas. Como consecuencia, se reduce la capacidad de cuestionar supuestos, explorar alternativas y generar soluciones innovadoras. Esto plantea: ¿en qué medida la baja diversidad de los equipos incide en el bajo desempeño del país en innovación? 

El estudio “Delivering through Diversity” (2018) de McKinsey & Company, basado en más de 1.000 compañías en 12 países, muestra que las empresas con mayor diversidad étnica y cultural en sus equipos ejecutivos tienen un 33% más de probabilidades de liderar en rentabilidad dentro de su industria. Y aquellas con mayor diversidad de género presentan un 21% más de probabilidad de superar la rentabilidad promedio y un 27% más de generar mayor valor.  

Desde una perspectiva organizacional, estos resultados pueden explicarse por el impacto de la diversidad en procesos clave como la toma de decisiones, la creatividad colectiva y la capacidad de adaptación. Equipos diversos integran distintas experiencias, perspectivas diferentes, lo que enriquece el análisis de problemas complejos y favorece la innovación. 

En consecuencia, la diversidad debe ser entendida como un motor estratégico para la competitividad. Para países como Chile, que buscan transitar desde una economía basada en recursos naturales hacia una economía del conocimiento, la inclusión efectiva de talento diverso puede constituir un factor decisivo. La diversidad, en este contexto, es una condición habilitante para el desarrollo económico del siglo XXI.  

Escrito por

María Eugenia Miranda

Psicóloga organizacional PUC, más de 25 años de experiencia en asesoría estratégica. Magíster en igualdad y equidad, fundadora y gerenta general de Alfa Consulting. Relatora en UDD Ventures.

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